Ciudad Obregón, Sonora.- En el corazón del Valle del Yaqui, donde trabajar la tierra exige carácter y el clima pone a prueba cada cosecha, María Rojas Gómez ha logrado construir durante tres décadas una historia de resiliencia, orgullo y aprendizaje.
Originaria del Pueblo Yaqui, María no nació con el conocimiento en agricultura, hasta que el destino —y la herencia de su padre— la llevaron a enfrentar una realidad completamente distinta: hacerse cargo de la tierra, sin saber por dónde empezar. "Yo empecé de cero, el que sabía era mi papá y, pues, te voy a ser sincera, yo no sabía absolutamente nada, yo era empleada de empresa, y dije: bueno, hay que aprender, no me quedaba de otra más que aprender", recuerda María.
Hoy, al cumplir su cultivo número 30 en el 2026, habla con la seguridad de quien ha crecido junto a la tierra, pero también con la humildad de quien entiende que en la agricultura nunca se deja de aprender. Cada ciclo trae nuevos retos: plagas inesperadas, cambios en el clima o decisiones que pueden marcar la diferencia entre una buena o mala cosecha.
"El año pasado no tuvimos pulgón, algo rarísimo. Y ahora nos llegó la chinche apestosa en el trigo, algo que nunca me había tocado en 29 años", cuenta. Para ella, estos cambios son una constante que obliga a mantenerse atenta, innovar y mejorar. A pesar de las dificultades, como la falta de horas frío o el incremento de temperaturas, María compartió para TRIBUNA que observa sus cultivos con esperanza. "No me puedo quejar. El trigo se ve bonito dentro de lo que cabe. Al menos que nos dé para pagar la inversión… y si queda un poquito más, me doy por bien servid", expresó.
Pero su historia no solo se cultiva en hectáreas, sino en decisiones firmes. Al inicio, María no solo se enfrentó a la falta de experiencia, sino también a la desconfianza en el gremio por el simple hecho de ser mujer. Recuerda con claridad una ocasión durante su primer año en la que contrató mano de obra para trabajar la tierra y el trabajo no fue bien realizado.
"Sentí que por ser mujer no me hicieron bien el trabajo, tal vez pensaron que no me iba a dar cuenta", dice. Aquella frustración la llevó a un momento de quiebre.
"Lloré, se me salieron las lágrimas cuando estaba frente a las tierras y le dije a mi papá: 'de perdida me hubieras hecho hombre'… pero sentí como si me hubiera respondido minutos después: 'tú no ocupas ser hombre, tú puedes con esto'".
Ese instante marcó su camino. María compartió con nostalgia que se limpió las lágrimas, buscó asesoría técnica y decidió seguir adelante, incluso cuando le sugerían abandonar el campo y poner un negocio más ‘sencillo’.
“Me dijeron que pusiera una tiendita… ¿una tiendita les dije?, pero yo ya empecé con esto y voy a ver hasta dónde puedo llegar. Y no puse mi tiendita, sí pude salir adelante y aquí estoy en mi cultivo número 30 este año 2026, gracias a Dios”.
Al cuarto año de trabajo, junto a su familia logró adquirir su primer tractor. María no dudó en subirse y trabajar la tierra ella misma, incluso de noche. Hoy, esa pequeña maquinaria se ha convertido en cinco tractores y un equipo completo que respalda su producción. Junto a su esposo e hijos, ha formado un equipo familiar que trabaja cada etapa del cultivo, desde el riego al amanecer hasta las intensas jornadas de cosecha que comienzan a las tres de la mañana.
A sus 62 años, María no solo siembra trigo, maíz o cártamo; también produce su propia semilla, resultado de años de selección y cuidado. Una semilla que no comercializa, pues es de uso propio, porque representa su experiencia, su conocimiento y su confianza.
A lo largo de los años ha enfrentado sequías, temporadas difíciles y otras de abundancia, pero hay algo que nunca ha cambiado: su determinación de seguir sembrando y salir adelante año con año.
"Nunca nos hemos quedado sin sembrar y siempre estamos aprendiendo", afirma.
Más allá de su propia historia, María tiene un mensaje claro para otras mujeres: el campo también es suyo. "Hay mucho donde nosotras podemos incursionar, no solo en granos. Podemos sembrar nuestros propios alimentos, emprender, vender… hay oportunidades, solo hay que acercarse con las asociaciones y pedir información".
Con la mirada puesta en el surco y el corazón en su historia, María Rojas Gómez representa a una generación de mujeres que han transformado el Valle del Yaqui con trabajo, valentía y pasión. Treinta años después, su cosecha más grande no solo está en la tierra, sino en todo lo que ha demostrado: que no se necesita más que creer en sí misma para hacer florecer el campo.
Fuente: Tribuna del Yaqui