Hermosillo, Sonora.- Chuck Norris tuvo una historia muy cercana a Sonora. Su repentina muerte reabrió un capítulo sobre su legado con el Estado y su gente. Más allá del ícono del cine y la leyenda de internet, su influencia se asentó en el tatami, a través de una generación que encontró en Hermosillo un punto de encuentro con el entonces tricampeón mundial de karate.
A finales de los años setenta, Norris comenzó a visitar Hermosillo tras coincidir en torneos en California con los maestros Francisco Ornelas y Alma Monroy. Aquellos vínculos derivaron en la integración a la United Fighting Arts Federation (UFAF), base de su sistema. La capital sonorense se convirtió en sede de exámenes de cintas negras, en los que el propio Norris era quien evaluaba.
El impacto fue técnico. La escuela impulsada por Ornelas y Monroy, a través de su sistema, transitó de un karate rígido hacia un enfoque de velocidad, control y precisión. "Revolucionaron las artes marciales en los ochenta", resume Francisco Ornelas Monroy sobre un cambio que marcó a generaciones.
La relación también fue personal. En 1979, durante una de sus visitas, Norris decidió extender su estancia al enterarse de un bautizo en la familia. "Escuchó que iba a haber un bautizo y dijo 'yo también quiero estar ahí', y se quedó un tiempo más", recuerda Ornelas Monroy. Aquel gesto lo llevó a convertirse en padrino de Carla Ornelas.
Incluso en el cine hubo una conexión directa con esa comunidad. Durante el rodaje de The Octagon, Norris optó por trabajar con su propia gente. "Cuando la productora le preguntó qué tipo de gente quería, él dijo 'a nadie, ya los tengo a todos, nomás consigan el vestuario'. Todos los ninjas que aparecen eran cintas negras de la organización, entre ellos mi papá", relata.
Más allá del entrenamiento, Norris encontró en Sonora un espacio de cercanía. Lejos de protocolos, prefería convivir con sus alumnos en reuniones informales, muchas veces en torno a una carne asada. "Le gustaba estar con la gente, con los que entrenaba", recuerda Ornelas Monroy. Incluso en ese ambiente cotidiano, la práctica no se detenía: entre conversaciones y comida, surgían demostraciones improvisadas de técnica.
Hoy, su legado en Sonora no se mide en la pantalla ni en el personaje viral en que se convirtió con los años, sino en una escuela que transformó la manera de entender el combate y que permanece viva en quienes la aprendieron y la transmitieron.
Fuente: Tribuna del Yaqui
