OPINION

El Asesinato del Dr. Carlos Rios, otra víctima de la crueldad y la impunidad en México

Columna de Carlos ZapiénCréditos: TRIBUNA
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Carlos Ríos Basurto, doctor, hijo, hermano, amigo, fue privado de su libertad el pasado 17 de enero después de su turno en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en Cajeme. Su nombre ahora pasa a formar parte de la larga lista de desaparecidos y asesinados en el estado de Sonora y de todo el país. Pronto, al igual que la mayoría de las personas que han sido despojadas de su vida, su caso dejará de ser mencionado por los medios de comunicación, y la conmoción que causó escuchar su noticia en la comunidad se verá borrada por el próximo caso. 

¿Qué sociedad es tan despiadada para olvidar a sus asesinados y menospreciar la vida? Por supuesto, una que tuvo que adaptarse a tal nivel de crueldad y violencia, una en que la vida de las personas no es más que otra cosa que se puede apropiar. ¿Son los asesinos del Dr. Carlos Ignacio monstruos depravados y pérfidos anómalos de la sociedad? Las estadísticas  de desaparecidos y asesinados en nuestro país nos revelan que al menos inequívocamente no son ni monstruos, ni anómalos. Son personas, muchas, con las que compartimos diversos rasgos, entre ellos la cultura y también formas de entender el mundo. 

Esto, por supuesto, no quiere decir que las y los criminales no tengan  responsabilidad sobre sus actos, pero sin duda, nos señala que la violencia y el desprecio por la vida son rasgos característicos de nuestra sociedad. A Carlos no lo asesinaron para asaltarlo, o para  obtener beneficio económico de su muerte, ni tampoco por estar involucrado en negocios criminales, a Carlos le mataron porque en esta sociedad quitarle la vida a alguien es un acto cotidiano e impune. 

A este fenómeno la reconocida antropóloga Rita Laura Segato, le llama pedagogía de la crueldad. Segato explica que  las pedagogías de la crueldad “son todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas”. 

La trata y la explotación sexual son los ejemplos más claros, pero no solo son estos actos crueles los que se reproducen pedagógicamente, es decir, no solo estos sectores de la sociedad han aprendido a ser crueles, lo hemos aprendido todos y todas. 

“La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de la crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía. La crueldad habitual es responsable del aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros.”

Este rasgo de nuestra cultura que nos enseña  a ser crueles lo aprendemos en nuestro día a día, en los periódicos, en los programas de televisión, en las canciones y en todas las acciones y palabras violentas que consumimos. Para comprobar esta teoria, (el aumento de la naturalización de violencia) podemos recurrir a la herramienta de análisis social favorito del filósofo y psicoanalista  Slavoj Zizek, el cine. 

El cine es, como lo es cualquier forma de arte, una forma de expresión de la cultura social, pero esta, al combinar aspectos visuales y discursivos, resulta muy ilustrativa. Por ejemplo, para entender la pedagogía de la crueldad, podemos pensar en la famosa película La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick. 

La película se centra en la vida de un asesino en Inglaterra, y en 1972, cuando se estrenó, fue prohibida en diversos países por la violencia explícita que hay en ella. Hoy esa misma película es considerada como comedia. Mucho podríamos decir también de todo el material audiovisual que se ha desarrollado, vendido y consumido a partir del desarrollo y crecimiento de los grupos narcotraficantes, en los que además los criminales se presentan a la audiencia como prototipos aspirables. 

Por supuesto, esto no se traduce en que cada una de las personas que componemos esta sociedad, estemos dispuestos a cometer actos criminales y violentos, mucho menos a despojar de la vida a alguien. Pero sí potencía la posibilidad en aquellas personas más cercanas a entornos violentos, lo cúal está directamente relacionado con la situación económica y social. 

¿Y la responsabilidad del Estado? 

Como dije antes, que el crecimiento de violencia y desensibilización y desprecio por la vida sea un fenómeno social, no exime de responsabilidad a los perpetradores de actos viles y dolosos, así como no exime la responsabilidad del Estado, ente creado en sus orígenes para asegurar las condiciones básicas de vida de quienes lo conforman. El Estado no sólo es responsable de combatir esta tendencia desde la educación y transformación social, también es culpable al perpetuarla con impunidad.

En nuestra sociedad la pedagogía de la crueldad se sostiene del gran nivel de impunidad que hay en nuestros gobiernos. Los cientos de miles de casos sin justicia lo hacen evidente. En el caso del asesinato del Dr. Carlos Ríos, Las fiscalías de Sonora y Sinaloa trabajaron conjuntamente para dar con los responsables, no sin la presión de amigos y familiares.  Sin embargo, en la mayoría de los casos los responsables gozan de libertad e impunidad. Lo que conduce a la repetición de estos actos infames que la mayoría de las veces no tienen mayores consecuencias. 

Según la versión oficial de la fiscalía de Sonora “Mario “N”, quien presuntamente pertenecía a una célula delictiva que se dedicaba al robo de vehículos y secuestros, en un episodio de celos, orquestó la privación de la libertad y posteriormente de la vida de la víctima. Pero no fueron lo celos lo que llevaron a “Mario “N” a cometer el asesinato, fue su insensibilidad hacia la vida, su bajo lumbral de empatía, nacidos de un contexto de violencia encarnado, y por supuesto la impunidad que se vive en este país.