Columna de opinión

La ciudad que habitamos… y la que interpretamos

Columna de opinión de Alejandro Duarte Aguilar, egresado de la IX generación de la maestría en Ciencias Sociales de El Colegio de Sonora

La ciudad que habitamos… y la que interpretamos
Columna de opinión de Alejandro Duarte Aguilar, egresado de la IX generación de la maestría en Ciencias Sociales de El Colegio de Sonora Foto: Cortesía

Habitar una ciudad no consiste únicamente en transitar por sus calles, ocupar una vivienda o

utilizar su infraestructura. Vivir lo urbano implica, ante todo, interpretar: Reconocer significados, leer señales, asumir costumbres y compartir formas de comunicación que nos permiten orientarnos en un entorno complejo. A este entramado de sentidos compartidos es a lo que las ciencias sociales denominan representaciones sociales.

En síntesis, las representaciones sociales pueden definirse como un conjunto de informaciones, creencias, opiniones y actitudes que un grupo elabora y comparte sobre un objeto, una práctica o un espacio determinado. No se trata de ideas abstractas o meramente intelectuales: Tienen una intencionalidad práctica, pues orientan la acción cotidiana y contribuyen a construir una realidad común para quienes la comparten. Así visto, no existe una realidad urbana 'objetiva' previa; toda ciudad es siempre una ciudad representada, apropiada simbólicamente por quienes la habitan, de acuerdo con su historia, valores y contexto social.

Estas representaciones no flotan en el aire. Se materializan en formas sensibles, también llamadas formas simbólicas: El lenguaje que usamos para nombrar lugares, los comportamientos esperados en el espacio público, las prácticas sociales, los modos de vestir, de alimentarnos o de habitar una vivienda, los objetos cotidianos, la organización del espacio y del tiempo, así como los rituales y festividades urbanas. En conjunto, constituyen sistemas de símbolos articulados por códigos sociales que hacen posible la comprensión, el reconocimiento y la interpretación de la vida urbana.

Comprender la ciudad desde esta perspectiva resulta especialmente relevante en el contexto contemporáneo. Las ciudades actuales son, por definición, multiculturales y diversas. En ellas coexisten múltiples sistemas de creencias, valores y prácticas que no siempre comparten los mismos referentes simbólicos. Sin embargo, el urbanita suele experimentar la ciudad desde la naturalización de sus propias representaciones, asumiéndolas como universales o 'normales', invisibilizando otras formas legítimas de habitar y significar el espacio.

Entonces, ¿por qué resulta tan importante reconocer las representaciones sociales urbanas? Porque hacen consciente al habitante urbano de que su manera de percibir la ciudad es una construcción social, y no un reflejo neutro de la realidad, abriendo la posibilidad de una experiencia urbana más rica y reflexiva. Reconocer que otros grupos interpretan de manera distinta el mismo espacio —una plaza, un mercado, una calle o un barrio— permite comprender conflictos, malentendidos y tensiones, pero también oportunidades de encuentro y aprendizaje.

Las representaciones sociales cumplen, al menos, cuatro funciones fundamentales que explican su eficacia cultural. En primer lugar, una función cognitiva: Son esquemas de percepción que permiten comprender y explicar la realidad urbana. En segundo término, una función identificadora: contribuyen a definir y preservar las identidades sociales. En tercer lugar, una función orientadora: actúan como guías de comportamiento, anticipando normas y prescribiendo prácticas. Finalmente, una función justificadora: permiten legitimar decisiones, usos del espacio y formas de vida urbana.

Desde el diseño urbano y la planificación, pero también desde la experiencia cotidiana del ciudadano común, atender a estas funciones implica asumir que no basta con transformar el espacio físico. Es necesario comprender los sistemas simbólicos que lo atraviesan. Una ciudad más habitable no es solo aquella que optimiza flujos o mejora infraestructuras, sino aquella que reconoce la pluralidad de sentidos que sus habitantes proyectan sobre ella.

Llevar esta reflexión a la práctica no requiere grandes gestos. Basta con observar el entorno inmediato con una mirada distinta: preguntarse por qué ciertos espacios generan pertenencia y otros, exclusión; reconocer prácticas culturales distintas a las propias sin descalificarlas; aceptar que el espacio urbano es un campo de significados en constante negociación. En ese ejercicio cotidiano de interpretación consciente se juega una parte fundamental de la convivencia urbana.

Como recordaba el antropólogo Clifford Geertz, la cultura —y con ella la ciudad— es una organización social de significados, interiorizados por los sujetos y representados en formas simbólicas, siempre en tiempos y espacios específicos. Reconocerlo no solo nos ayuda a entender mejor la ciudad que habitamos, sino que nos invita a habitarla de manera más responsable, abierta y reflexiva, comenzando por los espacios más cercanos a nuestra vida diaria.

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