Columna de opinión

La guerra por la atención: Redes, poder y manipulación digital en Latinoamérica

Columna de Sergio García

La guerra por la atención: Redes, poder y manipulación digital en Latinoamérica
Columna de Sergio García Foto: TRIBUNA

Hasta el siglo XX, las guerras se libraban por territorios y se plantaba una bandera, materias primas y se adueñaban de compañías nacionales en otros países o influencia ideológica moros o cristianos, derecha o izquierda, las más comunes. En el siglo XXI y salvando algunos litigios bélicos no menores, la batalla central se libra por algo más invisible pero igual de valioso: nuestra atención. En un mundo hipercconectado, donde el 70 por ciento de la población mundial tiene acceso a internet y millones viven con el celular como una extensión del cuerpo, las plataformas digitales no solo compiten por ‘likes’: Compiten por el control de la narrativa global y los usuarios.

TikTok, X (antes Twitter), YouTube, Instagram y otras redes sociales han dejado de ser simples espacios de interacción o entretenimiento. Hoy son herramientas letales de poder geopolítico, capaces de moldear opiniones, polarizar sociedades, desinformar elecciones y, en algunos casos, incluso preparar la caída de democracias. En esta nueva guerra silenciosa, la pregunta clave ya no es qué vemos fustigados por un malévolo algoritmo… sino quién decide lo que vemos.

TikTok: La ventana china al cerebro occidental

TikTok, la red social más influyente entre jóvenes (y no tanto) a nivel mundial, es propiedad de ByteDance, una empresa china sujeta a la ley de ciberseguridad de su país. Aunque TikTok insiste en su independencia, no me cabe duda, ni por un instante y a ningún experto serio, de que su algoritmo está, al menos en parte, alineado con los intereses del Partido Comunista Chino y su economía de no mercado.

Mientras en Occidente TikTok promueve challenges un tanto peligrosos, algunos desafíos virales, bailes o contenido superfluo, su versión local en China (Douyin) está cargada de ciencia, historia, disciplina y patriotismo. La distinción no es casual. En realidad, TikTok funciona como una herramienta estratégica del poder blando chino, que no busca imponer un modelo político, sino erosionar la cohesión cultural y social de sus rivales, y mantener enamorados a los propios.

Esto no significa que TikTok sea una operación de propaganda directa como en los tiempos de Mao, sino algo más sutil y a la vez peligroso: Un canal donde los estímulos están diseñados para maximizar tiempo de uso, adicción y desorientación emocional, sin ninguna responsabilidad editorial ni obligación democrática.

X (Twitter): Del ágora al caos algorítmico

La red social antes conocida como Twitter (y todavía no sé por qué le cambiaron el nombre a algo tan feo), ahora simplemente X, bajo el mando del australiano Elon Musk, también representa un experimento ideológico en curso. Musk ha debilitado sistemáticamente los mecanismos de moderación de contenidos, reinstalado cuentas expulsadas por incitación al odio y promovido una narrativa de “libertad de expresión absoluta” que ha abierto las puertas a la desinformación sin freno, la infoxicación y otros males modernos.

En la práctica, esto ha convertido a X en un campo minado de manipulación, donde cuentas anónimas, granjas de bots y campañas coordinadas logran amplificar narrativas falsas o polarizadas con muy poco esfuerzo y mucho dinero. Y, al contrario de TikTok, aquí el riesgo no viene de China, sino de actores rusos, estadounidenses e incluso latinoamericanos con agendas políticas claras.

México y América Latina: Víctimas sin blindaje

Latinoamérica (México en particular) enfrenta esta guerra digital con mínima regulación en la materia, baja alfabetización mediática y escasa conciencia sobre los efectos geopolíticos de las plataformas. Las redes sociales han sido claves para democratizar la voz ciudadana, pero también han servido como vehículo para la manipulación emocional de la narrativa política en detrimento de las masas.

Durante procesos electorales en países como Estados Unidos, Brasil, México, Colombia y Argentina, se han detectado operaciones de desinformación, campañas de odio, deepfakes y ataques sistemáticos a instituciones civiles y gubernamentales, periodistas y opositores. En muchos casos, estas campañas no tienen origen local: se articulan desde el exterior, con intereses económicos, ideológicos o geoestratégicos.

Además, Latinoamérica consume mucho contenido, pero produce poco contenido propio de valor político o cultural, lo que la vuelve más vulnerable a narrativas externas que se imponen por su arrasadora magnitud, no por verdad o coherencia. En un entorno así, la guerra por la atención se convierte también en una guerra por la identidad y los más vulnerables son los prisioneros de este sistema.

Libertad o manipulación: El falso dilema

Uno de los grandes mitos contemporáneos es que más contenido significa más calidad y, muy por el contrario, más libertad. Pero en realidad, lo que importa no es cuánto contenido hay, sino quién lo organiza, quién lo promueve y con qué fines lo publica. La mayoría de las personas no elige lo que ve: ve lo que un señor llamado “algoritmo” le muestra. Y esos algoritmos no son neutrales ni inocentes, palomitas.

TikTok prioriza lo que maximiza el tiempo de permanencia. X fomenta y prioriza la controversia. YouTube premia y prioriza lo viral. Ninguna prioriza la verdad. En este entorno, la libertad de expresión coexiste con la libertad de manipulación, y la línea entre ambas es cada vez más borrosa.

Además, el discurso libertario que dice “si no te gusta, no lo veas” ignora un hecho básico: en plataformas con millones de usuarios, lo que ve uno afecta lo que piensa el otro, y eso termina moldeando discusiones colectivas que deberíamos estar resolviendo entre nosotros mismos, como el voto, el consumo, la confianza institucional o una reforma judicial.

¿Qué está en juego?

La apuesta es con lo más valioso que tenemos y hemos logrado; lo que se pone en riesgo es: La democracia, la soberanía cultural y la cohesión social. Cuando la desinformación se vuelve tendencia y el algoritmo premia la indignación y la venganza, la deliberación racional desaparece y la política se convierte en espectáculo mediático. Al mismo tiempo, los imaginarios colectivos son moldeados por plataformas extranjeras que exportan valores ajenos (sus propios valores), debilitando así nuestra soberanía cultural. Y en contextos frágiles, lejos de unir, las redes dividen y generan discordia: exacerban tensiones, polarizan el debate y transforman el disenso en confrontación. En esta guerra por la atención, lo que está en juego es nada menos que nuestra identidad.

¿Qué podemos hacer?

Ante este escenario, la respuesta no es el pánico ni la censura y mucho menos cerrar las puertas a la tecnología importada, sino la acción inteligente y democrática. Primero, urge regular sin censurar: no frenar la libre expresión, no se trata de controlar los contenidos desde el Estado, sino de exigir a las plataformas transparencia algorítmica, trazabilidad de la información y una clara responsabilidad editorial. Segundo, debemos alfabetizar digitalmente. Un pueblo instruido es un pueblo sabio; solo una ciudadanía crítica, capaz de entender cómo funcionan las redes y por qué ve lo que ve, podrá resistir la manipulación. La educación mediática debe convertirse en una prioridad de política pública, en todos los estratos.

Tercero, es esencial fortalecer medios y contenidos propios. América Latina y especialmente México no puede limitarse a consumir narrativas diseñadas en Silicon Valley, Beijing o Moscú. Necesitamos producir información, cultura y educación que respondan a nuestras realidades, con nuestros intereses de por medio y nuestros propios comunicadores.

Hoy más que nunca nuestra mente es el campo de batalla, donde se libran estas luchas por nuestra atención; debemos defenderla, así como defendemos el voto o la privacidad. Protegernos de una atención manipulada es nuestro objetivo.

Conclusión

La guerra por la atención no es una metáfora, ni mucho menos una quimera. Es una realidad que ya está transitando día a día, y sus víctimas no son solo usuarios desinformados o intoxicados de información, sino verdaderas democracias debilitadas, sociedades fragmentadas y proyectos nacionales erosionados desde el interior de sus huestes.

México y América Latina no pueden seguir siendo espectadores pasivos de esta batalla; es tiempo de que sean protagonistas. Necesitan entender que lo que hoy parece entretenimiento, mañana puede ser control. Y que si no decidimos qué ver y por qué, esa decisión la tomarán otros por nosotros.

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