Columna de opinión

La Inteligencia Artificial y la disolución de la realidad compartida. Segunda parte

Columna de Sergio García

La Inteligencia Artificial y la disolución de la realidad compartida. Segunda parte
Columna de Sergio García Foto: TRIBUNA

Generaciones frente a la IA y la fractura de la realidad compartida

La Inteligencia Artificial (IA) no llegó a un mundo vacío. Llegó a un ecosistema ya fragmentado por edades, experiencias, lenguajes y memorias tecnológicas. Por eso, aunque todos habitamos el mismo tiempo histórico, no habitamos la misma realidad perceptiva. La IA no solo amplifica esa brecha: la vuelve estructural.

Cada generación se enfrenta a la inteligencia artificial desde un punto distinto de referencia. No desde lo que la IA es, sino desde lo que cada generación cree que la realidad debería parecer. Ahí nace la confusión.

Baby Boomers: la realidad como algo estable

Para los Baby Boomers, la realidad fue durante décadas un terreno relativamente firme. La información venía de fuentes claras: periódicos, radio, televisión, instituciones. Había filtros, sí, pero visibles. El mundo podía ser manipulado, pero no era infinitamente maleable.

Desde esa lógica, la IA suele percibirse como una herramienta poderosa, pero externa. Algo que "hace cosas" no algo que construye mundo. La confusión no aparece tanto en la imagen generada, sino en la autoridad de la fuente. Si algo se publica, si alguien "habla bien", si parece profesional, se le otorga legitimidad.

Aquí la trampa es distinta: no es "esto se ve real", sino "esto suena confiable".

Cuando una voz sintética explica, cuando un rostro generado habla con serenidad, cuando una narrativa está bien estructurada, el cerebro boomer tiende a asumir que hay una institución, una persona o una experiencia real detrás. El concepto de "entidad inexistente pero funcional"no estaba en su formación cultural.

Por eso, para muchos, la IA no confunde la imagen, confunde la autoridad. Y cuando la autoridad se vuelve artificial, la realidad compartida empieza a resquebrajarse.

Generación X: El escepticismo cansado

La Generación X creció viendo cómo se desarmaban muchas certezas. Vivió la transición analógica-digital, aprendió a desconfiar de la publicidad, del discurso político, de los medios. Por eso suele considerarse crítica, escéptica, "difícil de engañar".

El problema es que ese escepticismo se construyó para un mundo donde la falsedad era torpe. Photoshop evidente, montajes burdos, discursos exagerados. La IA, en cambio, no grita. Susurra.

La confusión aquí no es ingenua, es silenciosa. La Generación X suele detectar el exceso, pero no siempre detecta la optimización. Y cuando algo está bien hecho, bien dicho, bien presentado, baja la guardia.

Además, esta generación suele valorar el contenido por encima del envase. Si la idea es buena, si el mensaje resuena, la pregunta por el origen se vuelve secundaria. Y ahí aparece el riesgo: consumir construcciones artificiales como si fueran experiencia vivida.

La IA no les parece peligrosa. Les parece útil. Hasta que deja de serlo sin aviso.

Millennials: La estética como verdad

Los millennials crecieron en la curaduría. Redes sociales, perfiles, marcas personales, narrativa visual. Aprendieron que la identidad no solo se vive: se presenta. Por eso, para ellos, la IA no resulta ajena; resulta familiar.

Aquí la confusión es más profunda, porque no es solo perceptiva, es identitaria.

El millennial entiende que una imagen puede estar editada, que un video puede estar producido, que una historia puede estar construida. Pero también aprendió que eso no la invalida. Si conecta, si inspira, si funciona, es "real" en términos emocionales.

La IA encaja perfectamente en esa lógica. Influencers que no existen, cuerpos que no envejecen, discursos pulidos sin contradicción. No generan rechazo: generan eficiencia.

El problema aparece cuando la frontera entre representación y existencia se diluye. Cuando la comparación ya no es con otros humanos, sino con versiones artificiales de lo humano. Ahí la realidad compartida se fragmenta en realidades editadas. La pregunta deja de ser "¿es verdadero?" y pasa a ser "¿me sirve?". Y ese cambio es radical.

Generación Z: Lo artificial como entorno natural

La Generación Z no conoció un mundo sin pantallas. No vivió la transición; nació dentro de ella. Para muchos, lo digital no es un espacio alterno: es el espacio principal. Por eso, paradójicamente, son quienes mejor saben que todo puede ser falso… y quienes menos lo problematizan.

Aquí no hay sorpresa ante la IA. Hay normalización.

Un rostro generado no escandaliza. Una voz sintética no inquieta. Un video hiperrealista no alarma. Se asume que todo puede ser construido, y eso no genera ansiedad, sino adaptación.

La confusión no está en creer que algo es real, sino en no necesitar que lo sea. La experiencia pesa más que el origen. La interacción más que la verdad. La presencia más que la existencia.

Esto rompe el concepto clásico de realidad compartida. Porque si cada quien interactúa con entidades distintas —algunas humanas, otras no—, la experiencia colectiva se vuelve imposible de sincronizar.

No hay un "todos vimos lo mismo". Hay millones de versiones personalizadas del mundo.

El punto de quiebre: cuando ya no vemos lo mismo

La inteligencia artificial no solo genera imágenes, textos o rostros. Genera realidades paralelas plausibles. Y cada generación entra a ellas con sus propias claves de lectura.

El resultado no es una sociedad engañada, sino una sociedad desalineada. Personas honestas, inteligentes, bien intencionadas, pero paradas sobre pisos perceptivos distintos. Tu experiencia con la influencer artificial encaja aquí con precisión. No fue un fallo personal. Fue el choque entre una mente entrenada para detectar ficción tradicional y una tecnología diseñada para imitar humanidad sin fricción.

La pregunta entonces no es quién está más confundido, sino quién está redefiniendo sin notarlo lo que significa "real".

Recuperar la realidad compartida

Tal vez el mayor desafío de la era de la IA no sea tecnológico, sino cultural: volver a construir acuerdos sobre lo real. No para negar la inteligencia artificial, sino para contextualizarla.

Aceptar que no todo lo que parece humano lo es. Aceptar que no todo lo convincente nace de la experiencia.
Aceptar que la belleza, la autoridad y la identidad pueden ser simuladas sin existir.

Cada generación tendrá que hacer ese ajuste desde su propio lugar. Pero si no lo hacemos conscientemente, la IA no solo cambiará cómo vemos el mundo, sino si todavía lo vemos juntos.

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