Columna de opinión

Caudillos con WiFi: El nuevo rostro del autoritarismo

Columna de Sergio García

Caudillos con WiFi: El nuevo rostro del autoritarismo
Columna de Sergio García Foto: TRIBUNA

Durante varias décadas, desde Europa y en América Latina, la izquierda fue ganando poder y se apropió de las masas (en algunos casos todavía no las suelta y nada indica que lo haga en el corto plazo). Como parte de ese movimiento dialéctico que la historia hace compensaciones, cambios de rumbo y muchos pueblos retornaron al poder la derecha con algunos cambios y nuevas fisonomías.

Los nuevos líderes visten traje, juran por la Constitución (algunas ya bastante vapuleadas), se comunican en vivo por redes sociales y ganan elecciones (con verdaderos circos mediáticos). Pero gobiernan como si fueran emperadores posmodernos. El fenómeno no es nuevo, pero sí lo es su envoltorio: líderes como Recep Tayyip Erdogan, Nayib Bukele, Viktor Orbán, Javier Milei o Donald Trump representan la nueva generación de autoritarismo con ropaje democrático, donde el poder se ejerce en nombre del pueblo, pero sin controles ni límites (como los que sacaron, pero con nuevas ideas).

La pregunta ya no es si estos personajes son autoritarios; a la vista está con su forma de proceder. La verdadera inquietud es por qué millones los eligen sabiendo que lo son. ¿Es tan grave el hartazgo que no los deja pensar? ¿No hay más que elegir? ¿Estamos frente a una regresión democrática o ante un cambio de paradigma en la relación entre las masas y el poder?

El populismo 3.0

Erdogan lleva dos décadas trayendo a Turquía a un nuevo siglo y acumulando poder, reescribiendo constituciones y reprimiendo disidencias. Orbán ha construido una "democracia iliberal" legitimada por las urnas, dándole un nuevo peso a Hungría en la región, y blinda su poder por el control de medios y jueces. Bukele, desde El Salvador, ha desterrado las maras en el Istmo, usando su altísima popularidad para dinamitar la independencia judicial y militarizar el congreso. Trump intentó revertir una elección con teorías conspirativas, es culpable de los delitos que se le imputan y no tiene pena por ello, y aun así volvió a ganar la presidencia en 2024. Milei, en Argentina, lleva meses de superávit fiscal y control del dólar, pero ha roto los códigos institucionales con una retórica incendiaria que convierte al adversario en enemigo y al Estado en un enemigo público.

Lo común entre todos no es la ideología —unos vienen de la derecha, otros del ultraconservadurismo religioso, otros del libertarismo—, sino el método y la búsqueda sistematizada de la concentración de poder en nombre del pueblo. Algo que bien aprendieron de sus antecesores y otrora adversarios políticos.

Estos líderes no clausuran la democracia, la redefinen. No censuran directamente: saturan el mensaje. No eliminan el Poder Legislativo en cualquiera de sus formas: lo vacían de sentido y lo enfrentan entre sí. No persiguen a la prensa: la desacreditan con un tuit. El autoritarismo del siglo XXI no entra con tanques ni metrallas, entra por las redes.

¿Por qué ganan?

Porque canalizan rabias reales, se apropian de la frustración de la gente. Los votantes no son tontos ni manipulables por defecto. Lo que expresan en las urnas es un hartazgo legítimo con democracias que durante décadas prometieron prosperidad, igualdad y justicia… y no cumplieron, solo hicieron más grandes las diferencias. Destruyeron la cultura del trabajo y la dependencia de la dádiva.

Al igual que las corrientes populistas, en ese vacío entra el "salvador", que ofrece orden en medio del caos, identidad en medio de la incertidumbre y enemigos claros frente a problemas complejos. Son productos genuinos del descontento social de los que se hartaron, no accidentes históricos.

Pero también hay algo más: la democracia liberal está perdiendo la batalla cultural. Los valores que la sostienen —pluralismo, deliberación, límites al poder, derechos universales— han sido tan ultrajados en las últimas décadas por todas las ideologías que hoy suenan fríos, lejanos, técnicos. Frente a ellos, el discurso del "nosotros contra ellos", que ya no tiene dueño (derecha o izquierda), del líder fuerte que rompe reglas en nombre de los de abajo, parece más emocionante, más directo, más visceral.

La trampa

El problema no es que estos líderes lleguen por el voto; lo hacen y de forma genuina. El problema es que, una vez dentro, usan el voto como escudo para demoler los demás pilares de la democracia: la división de poderes, la libertad de expresión, la rendición de cuentas. Como lo hicieron sus antecesores, la rueda de venganzas comienza otra vez a girar una y otra vez.

¿Hasta qué punto puede una democracia tolerar a quienes buscan destruirla desde dentro? ¿Cuánto poder se le puede entregar a un líder antes de que deje de ser un presidente y se convierta en un dictador?

La historia enseña, cosa que a menudo olvidamos, que los autoritarismos siempre comienzan legalmente, y que las mayorías no siempre protegen los derechos de todos. Lo peligroso no es el líder, sino la falta de límites o el respeto de los mismos.

Repensar la democracia

No basta con llamar a elecciones y evitar el fraude electoral. La defensa de la democracia exige algo más difícil: reconstruir confianza, reformar instituciones, fortalecer los institutos que la defienden, volver a hablar el lenguaje de la justicia imparcial y la dignidad sin ceder a la tentación del autoritarismo mediático.

Los caudillos de hoy no usan sable ni uniforme. Usan Twitter, son influencers, banderas patrióticas y frases simples que todos conocemos. Son, en efecto, viejos líderes con WiFi, pero su eficacia revela nuestras propias deficiencias e inseguridades.

Y si no se vive la democracia con pasión, ellos la seguirán usando con furia.

Fuente: Tribuna del Yaqui

 

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