Hasta hace unas décadas, hablar de las mujeres en la política y en el gobierno era casi imposible. La política era cosa de hombres, como si cada decisión que se toma desde los poderes públicos no afectara la vida de todas las mujeres, las cuales, por cierto, representamos más de la mitad de la población. Ver a una mujer en una posición de mando era asumido como una contradicción biológica.
Pero el cambio progresivo en la cultura política y en el sistema electoral mexicano, gracias a las luchas de las mujeres que históricamente han alzado la voz, ha hecho posible que cada vez más mujeres ocupemos espacios de toma de decisiones, ya sea en los cargos ejecutivos y la administración pública, en los congresos, en las instancias judiciales o en los organismos constitucionales autónomos.
Como todas las mujeres que hicimos de la política nuestra vocación de vida, en este camino con obstáculos, la presidenta Claudia Sheinbaum también ha construido su carrera política y como representante popular. De convicciones firmes, siempre del lado de la izquierda y del obradorismo, se convirtió en uno de los referentes del movimiento de regeneración nacional y de la Cuarta Transformación.
Me identifico con ella no solo por su congruencia política y el compromiso con la continuación del legado del presidente Andrés Manuel López Obrador, sino porque presume su papel de madre, abuela, científica, ama de casa y mujer de fe. No renunció a estas responsabilidades, las reivindicó dándoles el mismo valor que ser presidenta de la República y comandante suprema de las Fuerzas Armadas.
A un año y cinco meses de haber rendido protesta como presidenta constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, según distintas mediciones, la doctora Claudia Sheinbaum tiene una aprobación superior al 75 por ciento (Enkoll, El Financiero, Reporte Índigo); es decir, cerca de ocho de cada 10 mexicanas y mexicanos reconoce su gestión al frente del país, convirtiéndose en la mandataria con la aprobación social más alta de la historia de México.
La legitimidad social de la presidenta de la República representa un capital político que hace posible el ejercicio de gobierno capaz de cumplir sus compromisos electorales con gobernabilidad y gobernanza, pues lo ha hecho a partir del diálogo constructivo con los actores políticos, así como los sectores privado y social, siendo un ejemplo reciente de esta intención el proceso de revisión del T-MEC y, desde luego, la iniciativa de reforma constitucional en materia electoral.
Este capital político no es gratuito; está relacionado con los resultados en materia social, económica y de seguridad del gobierno que encabeza, por ejemplo, logrando que más de 32 millones de hogares sigan beneficiándose con los programas de apoyo, la confianza del sector privado para seguir invirtiendo en México, además de la reducción de los homicidios dolosos en 44 por ciento entre septiembre de 2024 y febrero de 2026.
La presidenta Claudia Sheinbaum es el ejemplo de que las mujeres saben gobernar.
Lorenia Iveth Valles Sampedro
Senadora de la República
