Lecciones del revés a la reforma electoral
La política democrática tiene una virtud que muchas veces incomoda al poder: Obliga a detenerse. Obliga a escuchar. Obliga a negociar. Y de vez en cuando, obliga a aceptar derrotas.
Eso es lo que acaba de ocurrir en México con la Reforma Electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. La iniciativa no logró reunir la mayoría calificada necesaria en la Cámara de Diputados, pese a obtener 259 votos a favor frente a 234 en contra, lo que impidió modificar la Constitución como pretendía el Ejecutivo.
Más allá de la derrota legislativa, lo verdaderamente interesante es lo que revela este episodio sobre el momento político que vive el país. Porque cuando una reforma de esta magnitud fracasa, no solo cae una iniciativa: Queda al descubierto el estado real del sistema político.
Y en ese sentido, este revés deja varias lecciones que conviene mirar con serenidad.
Primera lección: Gobernar también significa conciliar
Durante los últimos años, desde la llegada al poder del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador, Morena ha construido su narrativa política desde la confrontación permanente. El discurso de las 'mañaneras', la división entre 'transformación' y 'conservadores', y la constante referencia al pasado como origen de todos los males del país se convirtieron en la herramienta política central del proyecto.
Pero gobernar no es solo confrontar. Gobernar también es construir acuerdos.
La Reforma Electoral necesitaba una mayoría calificada precisamente porque implicaba modificar la Constitución. Eso significa que, por diseño institucional, ninguna fuerza política puede hacerlo sola. La Constitución mexicana exige consensos amplios para cambios de esa naturaleza.
Y ese consenso simplemente no se construyó.
Ni siquiera dentro del propio bloque gobernante. De hecho, uno de los datos más reveladores de esta votación es que partidos que han sido aliados del oficialismo, como el Partido Verde y el Partido del Trabajo, decidieron no respaldar la reforma.
Ese detalle político dice mucho: incluso dentro del oficialismo existen límites cuando las reformas se perciben como demasiado agresivas o mal negociadas.
Quizá esta sea la primera lección para la presidenta: En democracia la fuerza política no sustituye al consenso.
Segunda lección: Las alianzas electorales rara vez son ideológicas
Este episodio también desnuda una realidad que muchas veces el electorado prefiere no mirar de frente: las alianzas partidistas en México no siempre responden a proyectos políticos coherentes.
Responden, en muchos casos, a intereses electorales.
Los partidos pequeños suelen alinearse con los grandes para garantizar su supervivencia política. En ocasiones lo hacen con la izquierda, en otras con la derecha, dependiendo del momento electoral.
Por eso no debería sorprender que algunos de esos aliados decidan marcar distancia cuando una reforma amenaza directamente su propio espacio político.
Uno de los puntos más polémicos de la propuesta presidencial era modificar el sistema de representación proporcional y reducir el financiamiento público de los partidos, medidas que algunos aliados consideraron perjudiciales para las minorías políticas.
En otras palabras: Cuando una reforma pone en riesgo la supervivencia de un partido, la alianza deja de ser ideológica y se vuelve pragmática.
Es una realidad incómoda, pero profundamente mexicana.
Tercera lección: La oposición no puede vivir solo del 'no'
Ahora bien, sería un error interpretar el rechazo a la Reforma Electoral como una victoria automática de la oposición.
Bloquear una reforma no es gobernar. Ni siquiera es necesariamente una estrategia política sostenible.
Los partidos opositores en México han pasado demasiados años reaccionando en lugar de proponer. Han convertido la crítica en su principal instrumento político, pero la crítica por sí sola no construye proyectos de país.
Si la oposición quiere recuperar credibilidad, tendrá que hacer algo más que celebrar derrotas del oficialismo. Tendrá que presentar propuestas concretas sobre cómo mejorar el sistema electoral, cómo reducir costos sin debilitar instituciones y cómo fortalecer la representación democrática.
Porque la democracia también exige oposición responsable.
Cuarta lección: Abaratar la democracia no puede significar debilitarla
La propuesta presidencial tenía elementos que merecían discusión seria. Reducir el costo del sistema electoral, por ejemplo, es una demanda que existe desde hace años.
México tiene uno de los sistemas electorales más costosos del mundo, con gastos que superaron los tres mil 500 millones de dólares en el proceso electoral de 2024, según estimaciones citadas por analistas internacionales.
Es razonable discutir cómo hacerlo más eficiente.
Pero también es necesario recordar una lección histórica: abaratar la democracia no puede significar debilitar sus instituciones.
México tardó décadas en construir organismos electorales capaces de garantizar elecciones confiables. El actual sistema, con todas sus imperfecciones, es resultado de reformas que comenzaron en los años noventa precisamente para evitar el regreso de un partido dominante.
Por eso cada intento de modificar el sistema electoral despierta inevitablemente suspicacias.
No porque las reformas sean imposibles. Sino porque deben hacerse con amplios consensos.
El Plan B: Oportunidad o tentación
Tras el rechazo legislativo, la presidenta ha anunciado que se explorará un Plan B para avanzar en cambios al sistema electoral, posiblemente mediante modificaciones a leyes secundarias que no requieren mayoría constitucional.
Aquí aparece la verdadera prueba política.
Un Plan B puede ser una oportunidad para corregir errores y abrir un diálogo más amplio.
O puede convertirse en un intento de imponer por otras vías lo que no logró aprobarse constitucionalmente.
La diferencia entre ambas cosas es sencilla: El espíritu con el que se construya.
Si el nuevo intento llega cargado de ánimo de revancha política, lo único que hará será profundizar la polarización. Pero si llega acompañado de diálogo, negociación y apertura, podría convertirse en una oportunidad para mejorar el sistema electoral sin erosionar la confianza democrática.
La democracia mexicana frente al espejo
Al final, lo ocurrido en el Congreso no es una tragedia política. Es, en realidad, una escena normal en cualquier democracia madura.
Las reformas se discuten. Algunas se aprueban. Otras no.
Lo importante no es quién gana o pierde una votación legislativa. Lo importante es cómo reaccionan los actores políticos ante el resultado.
La presidenta tiene ahora la oportunidad de demostrar que entiende esa lógica democrática. Que gobernar no significa imponer, sino persuadir.
La oposición, por su parte, tiene la responsabilidad de demostrar que su papel no es simplemente bloquear, sino contribuir a mejorar las instituciones.
Y los ciudadanos tenemos la tarea más importante de todas: no dejarnos atrapar por la lógica de la polarización permanente.
Porque la democracia no se fortalece con victorias aplastantes ni con derrotas humillantes. Se fortalece con acuerdos.
A veces incómodos.
A veces imperfectos.
Pero siempre necesarios.
Y ese, quizá, es el verdadero mensaje que dejó esta votación.
