Columna de opinión

Regresar la Gema

Hoy escribe José Ismael Serna Hernández

Regresar la Gema
José Ismael Serna, columnista Foto: Cortesía

Hace poco, Matt Shumer anunció su salida de la dirección de una plataforma de inteligencia artificial que él mismo había impulsado. Más allá de las razones empresariales, el gesto tuvo algo simbólico: Renunciar a liderar una de las tecnologías más deslumbrantes del presente puede leerse como una decisión que trasciende lo estratégico. A veces, apartarse de la gema no significa despreciarla, sino comprender su peso. En una época que mide el éxito por la cercanía al brillo tecnológico, soltar también puede ser una forma de lucidez.

Un hombre caminaba por una vereda cuando encontró a otro que llevaba en el bolsillo una gema luminosa. Se la pidió. El otro, sin dudar, la sacó y se la entregó. Aquella noche, el primero no pudo dormir. Al amanecer regresó y le devolvió la piedra. "Quiero algo más valioso", dijo. "Dame lo que te permitió desprenderte de esto".

Esa escena —atribuida a Anthony de Mello en uno de sus relatos espirituales— no habla de pobreza ni de riqueza material. Habla de una libertad interior que no depende del objeto poseído. El verdadero tesoro no era la gema, sino la capacidad de soltarla.

Hoy, en el ámbito de la escritura y la educación, hemos encontrado una gema nueva: La inteligencia artificial. Brilla. Resuelve. Produce textos coherentes en segundos. Nos ahorra tiempo, corrige errores, ordena ideas. Es difícil no admirarla. Pero la pregunta no es si la gema es valiosa. La pregunta es qué sucede con nosotros cuando la sostenemos.

En las aulas, la escena se repite con matices contemporáneos. El estudiante solicita un ensayo; el sistema lo genera. El docente detecta una prosa impecable, una estructura sólida, una argumentación fluida. La gema está ahí, reluciente. Pero algo inquieta: ¿Qué pasó con el proceso?, ¿dónde quedó la vacilación, el error, la búsqueda que precede al hallazgo?

La escritura a mano, con su lentitud casi obstinada, nos obliga a atravesar ese proceso. No ofrece atajos. Cada frase exige tiempo; cada corrección deja una cicatriz visible. La página conserva las huellas del pensamiento en movimiento. Cuando escribimos a mano, no solo registramos ideas: nos enfrentamos a ellas. El cuerpo participa. La respiración se ajusta al ritmo del trazo. El silencio se vuelve condición necesaria.

Frente a la pantalla, la experiencia cambia. El texto puede aparecer completo antes de que el pensamiento madure. La inteligencia artificial actúa como un intermediario eficaz entre la pregunta y la respuesta. Pero en esa eficacia se oculta un riesgo: Que confundamos el resultado con el aprendizaje, la posesión de la gema con la adquisición del desprendimiento.

Porque escribir no es acumular palabras; es atravesar un proceso de transformación.

El reto educativo contemporáneo no consiste en negar la herramienta. Sería ingenuo. La inteligencia artificial forma parte del ecosistema cultural actual. Ignorarla sería tan improductivo como idealizarla. El desafío consiste en discernir su lugar. ¿Es sustituto o es acompañante? ¿Es prótesis o es maestro?

Cuando un estudiante delega completamente la escritura, pierde algo más que autoría. Pierde la fricción que moldea el criterio. Pierde la experiencia de equivocarse y corregir. Pierde el descubrimiento inesperado que surge al intentar explicar una idea y advertir que aún no se comprende del todo. La gema entrega un texto terminado; la mano que escribe entrega una conciencia en construcción.

En este punto, el cuento vuelve a interpelarnos. ¿Qué sería, en educación, devolver la gema? No significa renunciar a la tecnología, sino renunciar a la dependencia. Significa utilizar la inteligencia artificial como recurso de contraste, de ampliación, de diálogo, pero no como origen exclusivo del pensamiento. Significa preservar espacios donde el estudiante escriba primero desde su propia comprensión, aunque sea imperfecta, y después confronte ese borrador con otras posibilidades.

La imperfección tiene un valor pedagógico que la perfección automática no puede reemplazar.

Escribir a mano, especialmente en un entorno saturado de pantallas, se convierte en un ejercicio de atención. Y la atención es un bien escaso. Cuando la mente se acostumbra a la inmediatez, tolera cada vez menos la demora. La hoja en blanco, en cambio, exige presencia. Obliga a sostener la pregunta. En esa tensión se fortalece el pensamiento crítico.

No se trata de nostalgia por cuadernos antiguos ni de resistencia romántica al progreso. Se trata de comprender que el aprendizaje profundo requiere interiorización. La inteligencia artificial puede ofrecer información estructurada; no puede experimentar la duda existencial que empuja a formular una hipótesis propia. Puede sugerir argumentos; no puede asumir la responsabilidad ética de sostenerlos.

La educación enfrenta, entonces, una tarea formativa más compleja que nunca: enseñar a distinguir entre herramienta y sustitución. Entre apoyo y evasión. Entre utilizar la gema y depender de ella.

Tal vez el objetivo último no sea que el estudiante produzca textos sin ayuda tecnológica, sino que sea capaz de desprenderse cuando sea necesario. Que pueda escribir con autonomía. Que pueda pensar sin asistencia inmediata. Que pueda, en algún momento, devolver la gema y decir: "Quiero lo que me permita no necesitarla".

En esta perspectiva, la escritura a mano adquiere un sentido renovado. No es sólo método; es símbolo. Representa la capacidad de sostener el propio proceso. De aceptar la lentitud como parte de la formación. De comprender que el conocimiento no es un objeto que se posee, sino una práctica que se ejerce.

La Inteligencia Artificial (IA) seguirá evolucionando. Sus textos serán cada vez más sofisticados. Las gemas serán más brillantes. Pero la pregunta decisiva permanecerá intacta: ¿qué tipo de sujetos estamos formando? ¿Consumidores de respuestas o constructores de sentido?

Quizá el acto más radical en la educación del siglo XXI no sea incorporar la última tecnología, sino enseñar a usarla sin perder la libertad interior. Formar estudiantes capaces de aprovechar la herramienta sin renunciar a su propia voz. Capaces de escribir con apoyo, pero también sin él. Capaces de reconocer que el valor no reside únicamente en la calidad del texto final, sino en la transformación que ocurre mientras se escribe.

Al final, la historia de la gema no trata sobre pobreza ni sobre riqueza. Trata sobre discernimiento. La piedra puede iluminar el camino, pero no sustituye la capacidad de caminar.

Y tal vez, en la era de los algoritmos, la verdadera educación consista en aprender cuándo sostener la gema… y cuándo devolverla…

Correo electrónico: ismaelserna@tec.mx

Redes sociales: @ismaelsernah

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