En los últimos meses, la pregunta por la educación ha dejado de ser exclusivamente pedagógica para convertirse en una pregunta política, histórica y civilizatoria. ¿De qué sirve educar —y para qué— en un mundo atravesado por la inteligencia artificial, pero también por guerras, disputas por la soberanía, conflictos energéticos y una reconfiguración violenta del orden internacional? Desde la experiencia concreta de la preparatoria del Tecnológico de Monterrey, esta pregunta no es abstracta: Aparece todos los días en el aula, en las inquietudes de los estudiantes y en la tensión entre un discurso de innovación permanente y una realidad global cada vez más incierta. La inteligencia artificial se presenta como el emblema del progreso contemporáneo.
Automatiza procesos, acelera el acceso a la información y promete eficiencia en prácticamente todos los ámbitos, incluida la educación. Sin embargo, su expansión ocurre de manera paralela a un mundo que parece retroceder en otros frentes: Guerras abiertas y latentes, disputas por el control del petróleo y los recursos energéticos, tensiones entre potencias que reclaman soberanía tecnológica y territorial.
En este contexto, la pregunta no es solo cómo educar con inteligencia artificial, sino si la educación tiene todavía un sentido profundo frente a un orden global que parece privilegiar la fuerza, el control y la acumulación de poder. En el aula de preparatoria, esta contradicción es evidente. Se forma a estudiantes para pensar críticamente, para innovar, para imaginar futuros posibles, mientras el escenario internacional muestra que muchas decisiones cruciales siguen resolviéndose por medio de la violencia, la presión económica o el dominio tecnológico.
Estados Unidos impulsa el desarrollo de la inteligencia artificial como parte de su estrategia de liderazgo global; China responde con modelos propios de innovación y control; Rusia y sus aliados apelan a la soberanía energética y militar; Medio Oriente continúa siendo un territorio marcado por la disputa del petróleo y la influencia geopolítica. Frente a este tablero mundial, la educación corre el riesgo de convertirse en un discurso idealista si no se pregunta por su verdadera función.
¿Para qué educar en pensamiento crítico cuando los algoritmos deciden cada vez más? ¿Para qué formar en valores, ética y ciudadanía global cuando los conflictos internacionales parecen ignorarlos sistemáticamente? Estas preguntas no invalidan la educación; por el contrario, la vuelven más urgente. En espacios como la Prepa Tec, donde se apuesta por una formación integral, el reto es que la educación no sea únicamente preparación para el mercado tecnológico, sino un espacio de comprensión del mundo y de sus contradicciones.
La inteligencia artificial, en este sentido, no es neutral. Está inscrita en relaciones de poder, en intereses económicos y en estrategias de dominación. Educar en la era de la IA implica revelar estas capas ocultas: enseñar a los estudiantes que la innovación tecnológica no flota en el vacío, sino que se entrelaza con la lucha por el petróleo, la soberanía de los datos, el control de infraestructuras y la influencia cultural. Sin esta lectura crítica, la educación corre el riesgo de formar técnicos eficientes pero ciudadanos despolitizados.
Desde esta perspectiva, la función de la educación hoy no es competir con la inteligencia artificial ni celebrarla acríticamente, sino ofrecer lo que ella no puede garantizar: criterio histórico, juicio ético, conciencia social y capacidad de interpretación del contexto global. En un mundo donde las potencias disputan territorios, recursos y narrativas, educar es dotar a los jóvenes de herramientas para no ser simples espectadores ni engranes de sistemas que no comprenden. La preparatoria se convierte entonces en un espacio clave: un lugar donde los estudiantes pueden conectar la innovación tecnológica con los conflictos reales del mundo, donde pueden entender que detrás de cada avance hay decisiones políticas, y que la educación no está al margen de estas tensiones, sino en su centro.
Educar hoy es formar sujetos capaces de preguntarse por el sentido del progreso, por los costos humanos de la innovación y por las responsabilidades que implica habitar un mundo interconectado y fracturado. Esta lectura no es solo una postura personal o local. Organismos internacionales como la UNESCO han advertido que la incorporación de la inteligencia artificial en la educación, sin marcos éticos y políticos claros, corre el riesgo de profundizar las desigualdades existentes y de subordinar los procesos formativos a intereses tecnológicos y económicos ajenos al bien común.
Para la UNESCO, la educación debe conservar su función social: formar sujetos críticos capaces de comprender y cuestionar los sistemas de poder que atraviesan la tecnología, la economía y la política global. De manera complementaria, la Brookings Institution ha señalado que la inteligencia artificial no debe sustituir las capacidades humanas fundamentales, sino fortalecerlas. Sus análisis subrayan que, en un contexto internacional marcado por disputas de soberanía, control de recursos y hegemonía tecnológica, la educación cumple un papel estratégico: preparar a las nuevas generaciones no solo para usar tecnologías avanzadas, sino para interpretar el mundo que las produce y las instrumentaliza.
En medio del choque geopolítico, la disputa energética y la aceleración de la inteligencia artificial, la educación conserva —o recupera— su sentido más profundo: no como garantía de estabilidad, sino como ejercicio de lucidez. Frente a la lucha por el petróleo, la soberanía de los datos y la supremacía tecnológica, educar es formar conciencia histórica y ética. En tiempos donde la innovación avanza más rápido que la reflexión colectiva, la educación sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de sostener una mirada crítica frente al ruido del poder y la promesa vacía del progreso sin humanidad.