Columna de opinión

Entre el caos y el despertar

Un Ciudadano Pensó por Gustavo Tena

Entre el caos y el despertar
Columna de Gustavo Tena Foto: TRIBUNA

Es sorprendente cuántas personas hoy en día notamos lo distinto que es el mundo ahora comparado con cómo era antes de 2019.

Y, por supuesto, esto incluye también a las teorías conspirativas. Es impresionante cómo mucha gente ha desarrollado una especie de “instinto crítico” para reconocer los trucos y manipulaciones del sistema: ya sea en gobiernos, monarquías, grandes bancos, religiones… ¡Y hasta en la industria farmaméndiga... ¡Perdón, quise decir farmacéutica! Fue un lapsus… pero quizás no tan alejado de la realidad para algunos.

Después de investigar un poco sobre geopolítica y esas organizaciones internacionales —ya sabes, las que tienen tres letras o más— que aseguran trabajar por la paz, la salud, el medioambiente, los derechos humanos o la educación global… y que, curiosamente, no solo no han resuelto nada, sino que a menudo empeoran las cosas.

Después de ver en carne propia para qué realmente sirven las leyes —no solo en México, sino en casi cualquier parte del mundo—.

Después de hojear, aunque sea por encima, textos sagrados como la Biblia, el Corán, la Torá, el Kybalión y otros pilares de distintas religiones.

Después de explorar diversas corrientes espirituales: desde distintas ramas del yoga hasta el movimiento New Age y otras formas de buscar sentido más allá de lo material.

Y después de adentrarme, también de forma superficial, en relatos sobre ovnis, los Anunnaki, supuestas civilizaciones humanas anteriores a la nuestra y la existencia de seres no humanos —como los pleyadianos o arturianos— que, según dicen, algunos nos ayudan y otros… bueno, nos complican la existencia.

En medio de esta avalancha casi infinita de información —y sin siquiera contar la propaganda, la demagogia y la desinformación que todos esos actores difunden a diario—, la única conclusión que parece dar algo de coherencia a todo este caos es esta:

Gran parte de lo que creemos que es conocimiento, ciencia, historia, lo sagrado o la sabiduría espiritual… podría no ser más que una serie de laberintos diseñados para confundirnos, distraernos y mantenernos girando en círculos… dentro de lo mismo.

Llegamos a la encrucijada final de la historia: al momento en que todos los temas que mencioné antes se derrumban como castillos de naipes. Creo que, por eso, la enseñanza espiritual más importante (al menos para mí) es mantener la paz interior, incluso cuando a tu alrededor reine el caos y todo parezca desmoronarse.

Para quienes estamos en el proceso de despertar —ojo: nunca podremos llamarnos “despiertos”, porque es un camino, no un destino—, es posible que aún no tengamos del todo esa paz, pero al menos intuimos hacia dónde va todo esto en el planeta.

Sin embargo, para las demás personas —esas que se burlan, discriminan y se ríen de quienes “vemos otras cosas”— la situación se va a poner difícil. Por decirlo de la manera más suave posible.

Ahora entiendo esas series y películas de zombis… No es una bacteria ni un virus lo que los convierte en zombis. Ese “mal” ya está dentro de cada persona: es la incapacidad de aceptar que el mundo en el que vivían y en el que creían está desapareciendo ante sus ojos; es el apego feroz a todo aquello que pensaban poseer… pero que, en realidad, nunca les perteneció.

Aunque la caída del sistema y de quienes lo controlan no ocurrirá de golpe, sino como un proceso escalonado, será lo suficientemente rápida como para que muchas personas no alcancen a adaptarse. Y es justamente eso lo que probablemente las sumerja en estado de shock… en modo zombi.

El apego a lo material aprisiona almas. Perder tu mundo sin haber muerto físicamente parece, para mucha gente, la peor de las pesadillas.

Eso es lo que muchos creerán que está sucediendo. Pero en realidad, no se trata de un colapso definitivo, sino de la caída de lo viejo y caduco… para dejar espacio a lo nuevo y verdaderamente renovador.

Lo que hoy vivimos no es ficción, sino una profunda crisis de transición. Desde el colapso de confianza en instituciones globales hasta las crecientes desigualdades, las emergencias climáticas, las transformaciones tecnológicas aceleradas y el resurgimiento de movimientos espirituales y comunitarios alternativos, el mundo está reconfigurándose. Organismos como la ONU, el FMI o la OMS enfrentan críticas crecientes por su falta de transparencia y eficacia. Al mismo tiempo, millones de personas buscan sentido más allá del consumo y la política tradicional. Esta no es una “conspiración”, sino una realidad compleja: sistemas obsoletos pierden legitimidad, y en ese vacío, surge la posibilidad —aunque también el riesgo— de construir algo más justo, consciente y sostenible. El verdadero desafío no es sobrevivir al caos, sino no perder la humanidad en medio de él.

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