Columna de opinión

Confianza… pero no mucha: La realidad del personal en PEMEX

Columna de Fernando Mier y Concha Soto

Confianza… pero no mucha: La realidad del personal en PEMEX
Columna de Fernando Mier y Concha Soto Foto: Cortesía

En México, hablar de trabajo es hablar de una actividad humana que da sentido, sustento y dignidad. El concepto de trabajador, esa persona física que presta un servicio subordinado, parece sencillo, casi obvio, pero en Petróleos Mexicanos esa definición se fractura todos los días, quienes sostienen la operación desde los puestos llamados de confianza viven una realidad que contradice su propio nombre, son trabajadores de confianza solo en el papel; en la práctica, operan como trabajadores de des-confianza, expuestos a decisiones discrecionales, riesgos laborales invisibles y una incertidumbre crónica que se ha normalizado como parte "natural" del cargo.

El Reglamento de Trabajo del Personal de Confianza de PEMEX describe estos puestos como esenciales: tareas de supervisión, mando, análisis técnico, manejo de información, responsabilidades administrativas y operativas que sostienen el funcionamiento de la empresa productiva del Estado, y es cierto: la operación real recae en ellos, son quienes elaboran informes críticos, auditan procesos, diseñan estrategias, administran recursos, vigilan seguridad industrial, diseñan logística y mantienen la operación funcionando incluso en condiciones adversas, sin embargo, este mismo reglamento reconoce, con una frialdad institucional profunda, que pueden ser removidos sin necesidad de un procedimiento protector, sin etapas de defensa, sin indemnización, sin una explicación técnica que lo justifique.

La contradicción es evidente, a ellos se les exige precisión absoluta, disponibilidad total, cumplimiento estricto, dominio técnico y adhesión impecable a normas que cambian cada año, pero el marco que regula su permanencia no les ofrece el mismo nivel de claridad, el sistema es contundente para exigir, flexible para proteger, ese equilibrio desigual genera, inevitablemente, una fuerza laboral que vive siempre al filo, con la sensación de que su estabilidad depende menos de su desempeño y más del movimiento político administrativo del momento.

Esto se ha vuelto especialmente claro en los últimos meses, en medio de ajustes internos, reacomodos de personal, nuevas directrices, revisiones estructurales y presiones presupuestales, en cada reorganización, los primeros en caer no son los que menos aportan: son los que no tienen sindicato, no tienen escalafón, no tienen un ritual administrativo previo, los trabajadores de confianza, los de siempre, los que operan la maquinaria sin la certeza mínima de que mañana podrán seguir haciéndolo.

Y mientras el debate público se concentra en grandes temas de política energética, deuda, producción y reconfiguración administrativa, poco se habla del costo humano de sostener una empresa tan compleja con una parte de su personal viviendo en la incertidumbre permanente, la realidad es que PEMEX no funciona por decreto ni por discurso interno: funciona porque miles de personas de confianza ponen diario su capacidad, su criterio, su técnica y, en muchos casos, su salud y su tiempo personal, pero ese nivel de entrega no se compensa con estabilidad; al contrario, parece convertirse en moneda de cambio en una estructura que no termina de modernizar su visión del trabajo.

Eso no significa que el régimen deba desaparecer, no se trata de blindar puestos ni de burocratizar la operación, el problema no es la existencia del personal de confianza; el problema es la fragilidad en la que el sistema los mantiene. Toda empresa modern,y más una empresa productiva del Estado, necesita cuadros técnicos sólidos, permanencia mínima para garantizar continuidad, personas capaces de sostener procesos que no pueden reiniciarse cada vez que llega un nuevo jefe, la confianza real en una institución nace de la estabilidad de quienes la operan, no de su desprotección.

Por eso vale la pena pensar en una salida distinta, quizá sea tiempo de dejar de ver al trabajador de confianza como una figura prescindible y empezar a construir un modelo más humano, más útil y más honesto para una empresa que aspira a modernizarse, PEMEX no necesita una revolución normativa para lograrlo; necesita voluntad institucional para establecer mínimos de certeza: criterios claros de ingreso y salida, procedimientos básicos de retroalimentación, movilidad ordenada y un mecanismo de protección que reconozca el valor de la experiencia acumulada, no es blindar puestos, es blindar dignidades.

Un sistema así no solo beneficiaría al personal: beneficiaría a la empresa. La confianza real, no la administrativa, sino la humana, reduce rotación, fortalece la operación, mejora la continuidad técnica y evita que cada cambio interno implique empezar desde cero, la verdadera eficiencia nace cuando quienes sostienen el trabajo diario saben que no están parados sobre arena movediza.

Si de verdad queremos que PEMEX avance hacia un futuro más profesional, más institucional y más competitivo, el primer paso es sencillo: dejar de tratar a sus propios trabajadores como si fueran temporales disfrazados. Un régimen de confianza que realmente genere confianza. Eso, por sí solo, ya sería un cambio histórico.

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