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América Latina rumbo a 2027: el voto digital, la polarización y la disputa por el rumbo ideológico

Columna de Sergio García

América Latina rumbo a 2027: el voto digital, la polarización y la disputa por el rumbo ideológico
Columna de Sergio García Foto: TRIBUNA

México, Argentina y otros países clave en la región se acercan a un nuevo ciclo político donde las urnas y las redes sociales compiten como arenas principales de poder. ¿Qué se juega Latinoamérica en esta nueva etapa?

El calendario avanza sin prisa pero sin pausa, y con él, la posibilidad de una reconfiguración profunda en la política latinoamericana. El 2026 recién comienza, pero ya es evidente que lo que ocurra en este año (hasta 2027) marcará no solo la estabilidad institucional de muchos países, sino también el tono ideológico del continente. México, que recién renueva una administración que impuso un cambio radical en el 2018; Argentina, con su experimento libertario desde el 2024; y otras naciones que enfrentarán procesos clave en este periodo, son señales de un ciclo político que va más allá del péndulo tradicional entre izquierda y derecha, conservador o revolucionario, capitalista o socialista.

¿Reconfiguración o fragmentación ideológica?

A diferencia de décadas pasadas, cuando los ciclos políticos tenían cierta coherencia a nivel regional (como el auge del progresismo en los 2000 o el giro conservador de mediados de 2010), hoy el escenario es más errático, fortuito y fragmentado. La ideología ya no basta para explicar los cambios: el desgaste institucional, la polarización enquistada, la desafección ciudadana y el crecimiento vertiginoso de las redes sociales han generado fenómenos que desafían las estructuras clásicas de una elección.

En México, por ejemplo, el nuevo gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum abre interrogantes: sin dudas será una continuidad reformista del obradorismo, pero ¿dará un viraje hacia una izquierda tecnocrática más institucionalizada? ¿Cómo impactará estos primeros años de Trump2 en la relación con Estados Unidos, en la seguridad regional, en la voz de México frente a la integración latinoamericana y compañeros de ideología?

En Argentina, la presidencia de Javier Milei representa una ruptura de paradigmas. Su discurso contra la "casta", sus políticas ulraliberales y su estilo de confrontación muestran a una derecha no tradicional, más agresiva, menos contemplativa, más cercana al fenómeno global del populismo de mercado que a la ortodoxia neoliberal. ¿Podrá consolidarse más allá de su retórica con solo cuatro años de gestión y una elección de las cámaras antes de su segundo año de mandato? ¿O será apenas un paréntesis en un sistema político altamente volátil?

Estos dos países, a extremos del continente americano, no solo por su posición geográfica, sino además por su peso demográfico, económico y simbólico, marcarán el tono de muchas discusiones continentales de aquí a 2027.

La red como territorio electoral

En este contexto, las redes sociales ya no son herramientas accesorias: son estructuras de poder en sí mismas. TikTok, X (antes Twitter), Instagram y YouTube no solo amplifican voces, también las jerarquizan. Lo que se ve (lo que no) depende de algoritmos opacos, muchas veces diseñados fuera de la región, con lógicas de viralización que premian el escándalo, la emoción y la polarización.

Más del 60 por ciento de los jóvenes latinoamericanos se informa exclusivamente por plataformas digitales, según datos de "Latinobarómetro". Esta cifra cambia radicalmente las estrategias de campaña: el meme vale más que el manifiesto, el clip viral más que el debate programático.

Si a esto le agregamos la sospecha (no tengo pruebas, pero tampoco dudas) de que China y Rusia promueven narrativas convenientes y una arquitectura algorítmica que favorece ciertos discursos, América Latina, sin soberanía tecnológica, queda sin protección ante esta nueva forma de influencia.

¿El fin del voto ideológico?

La combinación de fatiga democrática, crisis económica y bombardeo digital ha producido un votante más emocional, menos ideológico y profundamente desconfiado. En vez de partidos, emergen figuras, caudillos. En vez de programas, slogans. Esta lógica ha debilitado el centro político y potenciado extremos: liderazgos personalistas, discursos antipolítica, narrativas de "refundación".

Gana quien sepa comunicar rápido, polarizar eficazmente el discurso y conectar emocionalmente con los resentimientos de sus votantes. El elector ya no responde necesariamente a una propuesta de gobierno, sino a respuestas programadas moldeadas por un algoritmo digital. Esto no significa que haya desaparecido la ideología, pero sí que se ha disuelto en formatos fragmentarios y contradictorios.

2027: el año bisagra

Continuidad o alternancia, eso se vivió en las elecciones en LATAM entre el 2024 y 2025, que marcó el comienzo de un nuevo ciclo en países clave como México y Argentina. Los años siguientes serán decisivos para consolidar (o revertir) las tendencias emergentes; estas democracias, si bien les va, deben madurar sus modelos o desmembrarse antes de perecer. Las elecciones presidenciales previstas en países como Paraguay, Honduras o Colombia (a partir de 2026-27) ampliarán el mapa, pero también pondrán a prueba la resiliencia democrática de la región.

La pregunta de fondo es: ¿continuará un comportamiento volátil en cada país? ¿O qué modelo político se consolidará? ¿Uno basado en liderazgos disruptivos, plataformas inestables y política de espectáculo? ¿O habrá una revalorización de lo institucional, lo colectivo y lo programático? En cualquiera de los casos, las redes seguirán siendo el campo de batalla.

Lo que está en juego: más que poder, es el rumbo cultural

No se trata solo de quién gana una elección. Se trata de cómo se configura el poder, con qué legitimidad se ejerce y qué tipo de ciudadanía se construye. Las redes sociales han alterado el ecosistema: ya no deliberamos, reaccionamos; ya no debatimos, nos indignamos; ya no construimos consensos, nos agrupamos en diferentes chats de eco.

Esto impacta directamente en la calidad democrática. La infoxicación, el odio viral, la manipulación emocional desde plataformas opacas son amenazas reales. Pero también los vencidos son incapaces de recuperar su capacidad de retomar el sistema político para adaptarse y recuperar credibilidad.

América Latina necesita nuevos pactos sociales y culturales, entre propios y extraños, amigos y adversarios. Tiene que fomentar narrativas locales, defender la atención de sus ciudadanos como un derecho. Porque sin ciudadanía crítica, no hay democracia sólida, por más elecciones que se celebren.

Colofón democrático

La tecnología vino para quedarse, los cambios también… De aquí a 2027, la región se juega mucho más que una rotación de autoridades; es más que un hecho meramente administrativo. Se juega el tipo de democracia que quiere construir. Si será participativa o prima hermana de la tiranía; racional o emotiva; soberana o subordinada a flujos globales de información.

Las redes sociales seguirán siendo parte de la ecuación, pero corresponde a sus actores políticos, mediáticos y ciudadanos decidir si serán herramientas o protagonistas. El voto fue y sigue siendo clave, pero ya no suficiente. La democracia necesita una ciudadanía con pensamiento más crítico, con capacidad real de discernimiento, memoria histórica y voluntad de elegir… más allá de una ecuación matemática calculada en bytes.

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